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Issue #049 Trastornos de la salud reproductiva femenina: por qué necesitamos más investigación sobre el tema
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Collage image of a hand holding a sanitary towel in front of a calendar Parveen Narowalia

Trastornos de la salud reproductiva femenina: por qué necesitamos más investigación sobre el tema

A principios de 2020, cuando el COVID-19 avanzaba por todo el planeta y la humanidad se preparaba para lo desconocido, los médicos en Italia comenzaron a notar un fenómeno inquietante. Una oleada de niñas, todas menores de ocho años, comenzaron a desarrollar senos o a menstruar, síntomas de problemas médicos conocidos respectivamente como pubertad precoz y menarquia precoz. Ahora, a casi tres años desde el inicio de la pandemia, nuevos estudios están explorando varios impactos misteriosos en los ciclos reproductivos de mujeres, personas trans y no binarias alrededor del mundo. Desde niñas que tienen sus primeros ciclos menstruales años antes de que terminen la escuela primaria, hasta la ausencia de la regla y otras alteraciones del ciclo menstrual y la menopausia, los hallazgos son reveladores. Desafortunadamente, al principio la comunidad médica tardó en reconocer algunos de estos impactos, lo que favoreció directamente a los grupos antivacunas, siempre dispuestos a difundir falsedades, particularmente sobre su teoría de que las vacunas contra el COVID-19 pueden ser peligrosas o causar infertilidad, afirmaciones que no son respaldadas por ninguna investigación creíble. De hecho, los científicos que estudian los impactos del COVID-19 en la salud reproductiva enfatizan que las investigaciones emergentes en esta área no cuestionan la eficacia de las vacunas contra el COVID-19 ni desaconsejan su aceptación.

En los primeros días de la pandemia, la ciudad de Bérgamo al norte de Italia se estableció como el segundo epicentro de COVID-19 fuera de China. Los médicos abatidos y exhaustos lucharon por mantener con vida a los pacientes que llegaban con COVID-19, mientras las unidades de cuidados intensivos de los hospitales operaban a punto del colapso. Para afrontar la difícil situación, Italia fue el primer país en implementar un confinamiento estricto a nivel nacional. Poco tiempo después, investigadores del hospital infantil Meyer en Florencia —uno de los hospitales pediátricos más antiguos del país— comenzaron a monitorear a las niñas que eran remitidas por pubertad precoz o de inicio temprano. La prevalencia del trastorno ha aumentado en las últimas décadas, particularmente en los países industrializados, debido a una serie de factores complejos y poco conocidos. Sin embargo, la tasa de remisiones fue lo suficientemente alta como para llamar su atención.

Después de realizar un estudio retrospectivo mediante la comparación de las tasas de diagnóstico durante los cinco años anteriores a la pandemia, publicaron su investigación científica en el Italian Journal Of Pediatrics en noviembre de 2020. El estudio confirmó una mayor incidencia de pubertad precoz en las niñas durante y después del confinamiento de 2020 en Italia. Entre marzo y julio de 2020, 49 niñas experimentaron el inicio de la pubertad precoz o la progresión rápida del trastorno (es decir que, para aquellas que ya experimentaban los síntomas asociados con la pubertad de inicio temprano, esos síntomas avanzaron más rápido de lo esperado) en comparación con un total de 89 niñas durante los cinco años anteriores. La legitimidad de este estudio realizado en Italia se reafirmó en febrero de 2022 mediante una investigación adicional publicada en Endocrine Connections. Posteriormente, fue una tendencia percibida a nivel mundial. Se siguieron estudios similares en ChinaTurquía e India, según lo informado por The Washington Post y The Fuller Project la primavera pasada. 

Un estudio señaló el vínculo aparente entre la pandemia y las tasas aceleradas de pubertad precoz como una «posible emergencia». Sin embargo, es difícil encontrar una causa única o principal que explique este fenómeno, dado que el inicio de la pubertad está influenciado por una combinación de factores genéticos, psicológicos, ambientales y metabólicos. La pandemia complica aún más el panorama. Los investigadores especulan que el estrés, la falta de actividad física, la dieta, el uso de desinfectante para manos y una mayor exposición a los dispositivos electrónicos pueden ser causas potenciales. En general, lo que cada estudio señala principalmente es la necesidad de llevar a cabo más investigación que involucre a poblaciones más grandes, como afirma la Dra. Katie Larson Ode, endocrinóloga pediátrica y profesora clínica asociada de pediatría en el hospital infantil Stead Family de la Universidad de Iowa. Según ella, la comunidad médica necesita determinar «si estos aumentos repentinos están ocurriendo allí y, de ser así, cuáles pueden ser las causas».

A medida que la pandemia avanzaba hacia 2021 y los meses siguientes, quedó claro que las niñas no eran las únicas que sufrían los impactos relacionados con la pandemia en su salud reproductiva. Inmediatamente después del lanzamiento de la vacuna contra el COVID-19comenzaron a surgir rumores sobre trastornos del ciclo menstrual posvacunación. Se filtraron en tuits y entre amigos que comenzaron a reunirse más libremente después de que disminuyeron los requisitos de distanciamiento social. Estos primeros informes atrajeron el interés de Meghna Roy, antropóloga médica de la Universidad Jawaharlal Nehru en Nueva Delhi, India. A lo largo de 2022, Roy estuvo entrevistando a un pequeño grupo de mujeres, en su mayoría de entre 20 y 30 años, que estaban dispuestas a compartir sus experiencias sobre lo que, para ellas, fue el impacto de la vacuna contra el COVID-19 en sus ciclos menstruales. Las mujeres que recibieron vacunas (incluidas Covaxin, Pfizer, Covishield y Sputnik) administradas en la India, Kuwait, Alemania y el Reino Unido experimentaron una variedad de síntomas: «algunas mujeres reportaron una prolongación del tiempo entre ciclos menstruales, otras mencionaron ciclos más cortos con poco o nada de sangrado, y otras señalaron un aumento del dolor menstrual y sangrado abundante», dice Roy. 

Básicamente, los efectos secundarios de la vacuna contra el COVID-19 relacionados con la menstruación fueron autoinformados a la comunidad médica y a los reguladores científicos. Hasta el 23 de noviembre de 2022, más de 51 000 personas reportaron trastornos menstruales supuestamente relacionados con el COVID a través del esquema de informes de coronavirus Yellow Card de la Agencia Reguladora de Medicamentos y Productos Sanitarios (MHRA, por sus siglas en inglés) del Reino Unido. El sitio web está dedicado a capturar los efectos secundarios autoinformados de las vacunas contra el COVID-19que posteriormente son revisados por la MHRA para garantizar el uso seguro y efectivo de las vacunas. El sitio web de la MHRA afirma que está revisando informes de presuntos efectos secundarios de trastornos menstruales y sangrado vaginal inesperado identificados después de la vacunación contra el COVID-19 en el Reino Unido. Aun así, la respuesta de la MHRA a diciembre de 2022 es: «La evaluación rigurosa realizada hasta la fecha no respalda ningún vínculo entre las vacunas contra el COVID-19 y otros cambios en los ciclos menstruales». No reveló su método y la posición aparentemente entra en conflicto con el enfoque de los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas en inglés) de los Estados Unidos, quienes anunciaron la financiación de un estudio de un año de duración para analizar el posible vínculo. A fines de septiembre de 2022, los resultados del estudio internacional del NIH, que incluye datos de casi 20 000 personas en los Estados Unidos, el Reino Unido y Canadá, confirmaron un aumento temporal en la duración del ciclo menstrual. Además, una investigación del Departamento de Metabolismo, Digestión y Reproducción del Imperial College de Londres realizada en noviembre de 2022 mediante el uso de datos de aplicaciones de seguimiento menstrual, también confirmó un impacto transitorio en los ciclos menstruales de las mujeres después de la vacunación. En general, los investigadores describen los hallazgos como alentadores, ya que los trastornos normalmente son breves y se revierten con el tiempo. Además, los estudios demuestran categóricamente que las personas que reciben la vacuna tienen una probabilidad considerablemente menor de ser hospitalizados por enfermedad grave y/o morir a causa del COVID-19.

En cualquier caso, estos estudios realizados por la MHRA, el NIH y la Universidad Imperial College fueron de naturaleza retrospectiva. En lugar de monitorear y supervisar la salud reproductiva como parte del desarrollo de la vacuna, la comunidad médica y científica investigó este problema después de administrar las vacunas. Esto es desconcertante para algunos defensores de la salud reproductiva, si se considera que más del 50 % de la población mundial tiene la menstruación y los estudios prospectivos —que recopilarían más datos y en tiempo real— podrían resultar más beneficiosos. Desafortunadamente, la mayoría de los ensayos de vacunas contra el COVID-19 a gran escala han excluido cualquier pregunta sobre la menstruación, por lo que se perdió la oportunidad de aprender de antemano cómo estas vacunas podrían afectarla. Esto ha generado oportunidades para que los grupos antivacunas entren en escena y difundan teorías engañosas que no están respaldadas por la ciencia.

La idea de incluir la menstruación en la investigación médica no es nueva. Ya en 2006, sociedades profesionales médicas como el Colegio Estadounidense de Obstetricia y Ginecología han pedido que se incluya la menstruación como un quinto signo vital, junto con el pulso, la frecuencia respiratoria, la presión arterial y la temperatura corporal, dado que las reglas se consideran cada vez más como un indicador de salud clave. Si el ciclo menstrual se considerara como un signo vital, los posibles impactos en el ciclo serían tenidos en cuenta durante la investigación médica, incluido el desarrollo de vacunas.

Un obstáculo persistente que impide que este problema se tome en serio después de la vacunación es que los informes tienden a basarse en la experiencia individual, en lugar de evidencia biomédica cuantitativa. Los científicos y los médicos, particularmente en la medicina occidental y el norte global, prefieren este último. El aspecto del autoinforme representa un dilema que Roy busca abordar en su investigación en la India. «Actualmente, cuando algunos médicos no son conscientes de este problema y hay científicos que dicen que el estrés es lo único que afecta el ciclo menstrual de estas personas, ¿qué significa la evidencia en realidad?» señala. «¿Cómo puede no ser considerado como evidencia cuando yo misma lo he vivido y reportado?» se pregunta.

Para los profesionales médicos que  se han manifestado oficialmente para abordar los vínculos autoinformados entre las vacunas contra el COVID-19 y los trastornos menstruales, las respuestas han sido problemáticas. Por lo general, enfatizan la naturaleza transitoria del trastorno del ciclo menstrual y concluyen que no afectan la fertilidad. Reducir estos informes a una categoría interesada únicamente en el trastorno del ciclo menstrual debido a problemas de fertilidad, o a cualquier cosa que pueda impedir la capacidad de lograr un embarazo, oculta el problema de que las vacunas contra el COVID-19 pueden tener un impacto hormonal, además del propio virus. Por motivos comprensibles, los profesionales médicos podrían querer minimizar el trastorno menstrual posvacunación para calmar las dudas sobre la vacuna contra el COVID-19 y fomentar su aceptación. Pero una de las consecuencias de restarle importancia al tema es que, además de invalidar la experiencia del impacto temporal en los ciclos menstruales de las personas, puede aumentar la percepción de que la salud de ciertos géneros es secundaria o menos importante que la salud de los hombres. 

Esto no sorprende a la Dra. Sarah Glynne, médica general y miembro de la Sociedad Británica de Menopausia con sede en Londres. La Dra. Glynne ha estado trabajando en estrecha colaboración con la Dra. Louise Newson, especialista en menopausia, para monitorear y abordar un tercer impacto específico en la salud reproductiva durante la pandemia: el vínculo entre el COVID prolongado y la menopausia. La Dra. Glynne informa «un sesgo de género y una “ignorancia deliberada”» entre los profesionales médicos que manejan pacientes con COVID prolongado. «Parece haber un gran punto ciego a la hora de considerar el impacto del virus en las hormonas femeninas y el papel de la terapia de reemplazo hormonal», afirma. Parte de su trabajo es alertar a la gente sobre este hecho. 

«Los hombres y las mujeres tienen más o menos la misma probabilidad de contraer COVID-19. Pero los hombres tienen más probabilidades de enfermarse de forma grave, mientras que las mujeres tienen más probabilidades de desarrollar un COVID prolongado», sostiene la Dra. Glynne. Un estudio de 2021 destaca que la edad promedio de las personas afectadas es de 46 años y más del 80 % de los diagnosticados con COVID prolongado son mujeres. Según el estudio, más de un tercio de esas mujeres sufren trastornos del ciclo menstrual.

Los síntomas del COVID prolongado —que incluyen fatiga, confusión mental, dolores en el pecho y dolores musculares y articulares que persisten durante más de tres meses después de contraer COVID-19— se confunden con los síntomas de la menopausia, y los estudios demuestran que las vacunas contra el COVID-19 pueden, de hecho, minimizar la probabilidad de desarrollar COVID prolongado. 

La investigación en esta área es incipiente, pero según la Dra. Glynne y la Dra. Newson, el COVID-19 está afectando negativamente la función ovárica, causando deficiencia hormonal y síntomas menopáusicos en muchas mujeres con COVID prolongado. «Se necesita investigación con urgencia», afirma la Dra. Glynne. «Se debe preguntar a las mujeres que presentan COVID prolongado sobre sus ciclos y su historial menstrual, pero esto no siempre sucede». Esto, según la Dra. Glynne, puede conducir a un sufrimiento prolongado que va más allá de los casos individuales. «Para junio de 2022, 2 millones de personas en el Reino Unido habían sido diagnosticadas con COVID prolongado. Como las mujeres entre los 40 y los 60 años de edad son el grupo con más probabilidades de contraer COVID prolongado, esto está obstaculizando considerablemente la capacidad de las mujeres para trabajar y cuidar a sus hijos y sus familias, lo que significa no solo consecuencias negativas para las familias, sino también para la sociedad y la economía en general», señala la Dra. Glynne.

Durante los primeros tres años de la pandemia de COVID-19la cobertura de los medios ha sido bastante extensa. Entonces, ¿por qué el impacto aparentemente único que ha tenido el COVID-19 en las mujeres y las personas trans y no binarias en distintas etapas de su salud reproductiva es, en el mejor de los casos, una nota al pie y, en el peor, una ocurrencia tardía? Tal vez el estigma asociado con estas transiciones de salud que ocurren naturalmente pueda dificultar el compromiso social con el tema, pero es probable que también haya problemas estructurales en juego. Está claro que se necesita financiación adicional para seguir investigando y prestando atención a estos temas. Pero también se requiere una reflexión valiente e introspectiva de la comunidad científica sobre lo que califica como evidencia médica, para que las preocupaciones de algunos géneros no se pasen por alto. Evaluar los ciclos menstruales y la pubertad es difícil dadas las amplias variaciones en la población, pero no es una tarea imposible. Investigar proactivamente el papel entre las hormonas sexuales y el COVID-19 u otros virus no solo merece nuestra atención colectiva, es una tarea absolutamente necesaria. 

Jamie Brooks Robertson es una escritora, académica independiente y ensayista emergente radicada en Londres, especializada en temas de salud y cultura. 

*Ten en cuenta que la información de este artículo no reemplaza los diagnósticos, la orientación ni las recomendaciones de los médicos. Si has sentido algún tipo de impacto en tu salud reproductiva relacionado con la pandemia de COVID-19, habla con un profesional médico de confianza. 

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